Jairo Anibal Niño dedicó toda su obra a los niños.foto.cortesía:elespectador
Entender esta lúgubre noticia, me cuesta un dolor en el alma. Me hacen recordar la fragilidad de la vida y comprender que sólo somos polvo de estrellas que se perderá en la inconmensurable infinitud del olvido que seremos. Varias veces ví a Jairo Anibal Niño. Desde sus épocas de militancia. Cuando su poder creativo lo llevó a escribir obras de teatro bajo el imperativo singular de las circunstancias: había que escribir para dos personajes, dado que sólo había dos pasajes para dos actores y presentarla en un festival de teatro europeo. De esa capacidad creativa era Jairo Anibal Niño. Colaboró escribiendo semanalmente fábulas divertidas de vampiros y aparecidos en la revista Cromos al final de la decada de los setenta y empezando los ochenta. Ojalá se rescatara hoy esa obra dispersa en las páginas de la revista en un libro. Escribió varios guiones de cine.Uno fue llevado a la pantalla bajo la dirección de Ramiro Meléndez, se llamó El manantial de las fieras sobre el oscuro mundo del boxeo.Creo que quedaran inéditos varios como un guión de cine que se llama El siete colores, donde pone en escena creativa de las imagenes del cine, la vida tristemente célebre de un peón de las tantas violencias que han martirizado al país: La trayectoria delincuencial de Efrain González. Con ese guión se ganó el primer premio de la convocatoria en los difíciles años de Focine, y fue vetado, porque según las directivas de la época, el argumento ponía el dedo en la llaga de cómo nos han contado la historia oficial. De cómo- en su versión- Efrain González fue una víctima más del establecimiento colombiano, de viejo cuño que tiene por lema que todo cambie para que todo siga igual... Jamás se le oyó una mala palabra. Jámas se aprovechó de su investidura creativa para el provecho particular. Nunca escribió una novela, en el sentido de dar su versión de las cosas de su vida y del mundo. Prefirió no perder su alma de niño y escribirles a los niños fábulas llena de frases alegres, cargadas de ternura y de solidaridad. Por eso se ganó el Premio Enka con ese libro de lírica infantil que se llama Zoro. Y de ahí en adelante sólo tuvo su pluma para los niños. Siempre diré que el mejor homenaje a la memoria de un escritor que nos deja, es seguirlo leyendo en su obra donde pervivirá siempre entre nosotros, en nuestros corazones con el encanto de su imaginación en sus textos.Para empezar la muestra este botón:
Fábula Y los ratones hicieron una alianza y la serpiente de cascabel le puso el cascabel al gato.
Tomado de Puro pueblo, cuentos. Carlos Valencia Editores, Bogotá, Colombia, 1979. 82 páginas.
A partir de la invención de un mito primigenio, se desarrolla la fabulación de una saga cosmológica, que nos lleva de la mano hasta la ciudad de Aydebarke: ciudad de ciudades, donde se condensan las formas de la arquitectura humana de las más diversas culturas. Recrea, en buena parte,el mundo de la selva, de los Iseike, la última tribu nómade primitiva cuyo descubrimiento causa sensación en un grupode investigadores, desde periodistas hastala propia iglesia. El relato se va contando, con una prosa clara, precisa, impregnada de un lirismo en clave cuyo narrador se desdobla en varias voces narrativas que cuentan la fusión desde los más remotos orígenes de la humanidad a los más intrincados mundos tecnológicos de la ciencia ficción, donde el mito primigenioy su naturaleza está latente como una fuerza metafísica y de conversión de los tiempos históricos de la realidad a un mundo fantástico.
Un ejemplar de esta fabulosa novela- porquerealmente lo es-llegó a nuestras manos bajo una serie de episodios intrigantespara deleitarme con su lectura.El autor pareciera otro ser salido de la propia entraña del relato que ofrece al lector, "porqueafirma haber nacido en la segunda mitad del siglo XX. Vivió entrelas sombras, las luces, los sonidosy los olores de las selvas y las montañas donde no se conocen las fronteras trazadas por el hombre. Sin embargo, en la actualidad, es un peatón anónimo en las grandes urbes del mundo donde se solaza y sufre con la cultura global".
Hace unos días, leíamos un libro fascinante donde el personaje central pide ayuda a un escritor para escribir un libro. Paul Morel, así se llama el personaje, se siente angustiado porque no sabe cómo empezar a escribir. Vilela, el escritor, le sugiere que empiece por el principio, o por el medio, o por el final. Morel entonces cita una frase extraída de Alicia en el país de las maravillas que dice: “Empieza por el principio, luego sigue; y hacía el final te detienes, dijo el rey”. El libro, que alguna vez retomaremos, se llama El caso Morel de Rubem Fonseca. Como Morel me siento hoy: angustiado por contarles, que en el calendario ya han pasado ocho años, desde aquella tarde remota de un sábado donde con la mayor expectativa me acerqué, al Café de los colores y sabores. Así se llamaba entonces el café literario. Recuerdo que a los asistentes nos entregaron sendas copias del programa del semestre, donde al hojearlas pensé “esto es un curso superior de literatura”. Ya porque quien había realizado la propuesta semestral de lecturas era muy ambicioso y por tanto creía que podríamos leer tantos y tantos libros.
Ese café lo recuerdo con suma alegría porque esos jóvenes promotores eran unos juguetones totales con el programa de promoción de la lectura como con los textos. Después vinieron otros reemplazos a esos jóvenes promotores como los anteriores, tan juguetones con las lecturas como con las mismas propuestas del programa. Recuerdo que debido a que el Café se llamaba entonces de los sentidos, una tarde lo llevaron al extremo. Nos hicieron sentar, nos dijeron que cerráramos los ojos y atendiéramos sólo a lo que oíamos. Yo percibía, cerrado los ojos, que se arrastraban hierros como cadenas. Seguidamente se oía el característico sonido de envolverse algo mientras en simultánea se oían como ráfagas de latigazos.
Por fin, nos dijeron, que abriéramos los ojos.
Ante nosotros estaba el espectáculo de un joven participante que se había prestado al juego, todo envuelto en plástico y atado con cadenas, mientras la chica, que hacía parte de la coordinación del programa, lanzaba al frente de la cara del asistente, una toalla húmeda que estiraba con un golpe, produciendo los latigazos.
La diversión, el juego y el más puro entretenimiento era lo que valía y el análisis posterior de cómo percibimos el mundo con esos sentidos, por supuesto, desde ellos construimos historias, y que los sentidos nos jueguen, a veces, malas pasadas; ya es asunto de otra situación que roza con la salud de cada uno, pero eso es cuento de otra historia.
Y esos jóvenes promotores sucedieron a otros que no lo eran tanto, porque valga decirlo sinceramente, no tenían pertenencia con el programa, no se apersonaban del espontáneo grupo flotante de participantes a el café literario; y caían sólo en cumplir burocráticamente un horario de dos horas y hasta luego. Me hacía recordar entonces los primeros días de escuela cuando la profesora nos ponía a leer en voz alta y con la falta de destrezas como las tiene todo niño: así yo me sentía con ellos, regresando a la primaria. A pesar de ellos, también leímos.
Fue por esto que no volví un tiempo. Pero regresé como todo hijo prodigo que vuelve al hogar de su padre, en este caso, mi madre: la lectura y su juego lúdico. Me encontré que el coordinador de aquel semestre era ahora otro joven muy proclive a la filosofía y su especulación epistemológica. Nos dio de ella hasta que ya no quisimos más de las mil mesetas del pensamiento y sus rizomas. Pero logró que nos interesáramos por el pensamiento filosófico y sus sesudos análisis del ser en el mundo. Y fue muy interesante porque en el paralelo, al lado de tanta filosofía, aprendimos a encuadernar.
Discurro incesante en mi pensamiento con la fuerza de las palabras, su significado Y su significante y cómo nos dibujan los actos cotidianos del hacer humano de las cosas, y sus contrastes de simetrías válidas, puestas ahí espontáneamente como nos las entrega la realidad. Cuando estábamos entre hilos, agujas, tijeras y papeles en el taller de encuadernación pensaba en las ironías con las palabras: La filosofía sirve para encuadernarla, yo me decía.
Posteriormente apareció un promotor inquieto y muy preocupado, al enterarse que el café funcionaba al garete de sedes momentáneas por entre todos los recovecos de esta majestuosa e inmensa biblioteca, que en el recorrido por tantas sedes ocasionales se puede reconstruir su transcurrir errante, por cada rincón. Pero dónde fue que no estuvimos de aquella trashumancia de ir y venir por las terrazas; por los salones de informática; de estar cómodos y muy bien sentados en la sala de música. Tantas veces estuvimos que pensábamos que allí ya nos quedaríamos. Iluso que es uno. Cuando otra vez nos dijo que ya se iba a acabar esa trashumancia y ahora nos ubicaba en el rincón al fondo de la sala general. Allí permanecimos con los menesteres propios de la lectura en voz alta y los debates que suscitaban los contenidos de esos libros, y llegaba el vigilante a que le bajáramos el volumen a las altas voces discutidoras que rompían el silencio de otros lectores ajenos al café literario. Esa errancia del café a mi me sirvió para conocer más la planta física, que es una maravilla de esta biblioteca.
Fue él el promotor en sentar la base para que el café literario tuviese una sede y pueda operar su transcurrir en un lugar adecuado, y lo hizo al rincón de la sala general. Fueron años intensos, donde él sugirió el nombre que hoy llevamos con orgullo deBibliófilos. Pero en este brevísimo y sucinto recuento de la historia del café literario conmigo.De permanecer tantos sábados entre palabras y cafés y su transcurrir de estos años, debo destacar la dulce presencia de una bella joven promotora, que con su labor encomiable y sin fatigas, con su mirada sonriente desarma los espíritus alebrestados y disociadores, de cuya ecuanimidad serena aprendí; y también: aprendimos mucho más de literatura, a saber negociar las diferencias, que en el fondo son puntos de vista distintos sobre lo mismo.
Ella estuvo siempre pendiente de la buena marcha de estos años y supo llevar el barco del café literario al buen puerto, donde hoy precisamente, nos convoca y se inicia un nuevo ciclo de Bibliófilos, desde la autonomía comunitaria de los usuarios que somos todos los asistentes presentes, como de los que vendrán después de nosotros.
Natalia logró aunar su esfuerzo individual para convencernos que su presencia es más útil y necesaria entre los más jóvenes para que se apropien de las herramientas, que ella entrega generosamente; y así después continuar, no sólo este café literario de Bibliófilos, sino los suyos propios de ese futuro humano en crecimiento que son los niños y jóvenes de esta comunidad bogotana. Su presencia de guía y moderadora nos va hacer falta, mucha falta, para iluminarnos con su saber de especialista en literatura, y el espacio de su ausencia presente, trataremos de llenarlo poco a poco, todos de algún modo. Siempre la recordaremos, emocionados y nostálgicos.
Una reflexión final El espacio ha servido para que muchos de nosotros aprendamos a disentir con la palabra, a saber que nunca estaremos de acuerdo, porque entre gustos y colores, jamás habrá consenso; pero si, que mediante una respuesta de disentimiento, no conlleva un arrastre de animosidad al otro, sino al contrario, y sobre todo, a saber aprender a oír al otro, a crear con él esa diversidad que es lo rico y enriquecedor de la vida, esa individualidad compleja e inacabada de lo que es la diferencia, que constituye un ser humano, tan lleno de esperanza como de pasado; de ese pasado que tantas veces nos deslumbra un autor al iluminarnos el mundo donde todos y sin distingos, somos partícipes donde también pedimos a gritos, la elocuente necesidad de ser comprendidos, que está en las novelas que tanto reflejan el mundo real y a veces aburrido, que vivimos, rumiando en nuestra más ruidosa y angustiosa soledad.
Muchas gracias
palabras pronunciadas con motivo de la entrega del espacio de Bibliófilos a la comunidad literaria de escritores y lectores de la Biblioteca Pública Virgilio Barco, en Bogotá, Colombia, el viernes 5 de febrero de 2010.
Sí mi padre y mi madre no se encuentran. Simplemente yo no existiera. Pero de esto no se trata el enunciado de la pregunta de mi primer artículo, para este blog orondo, donde quiero poner en blanco y negro de las letras de este espacio de la blogosfera. Nace de la necesidad de escribir las más esenciales de mis preocupaciones cotidianas del diario existir, y de esa realidad que me tocó en suerte vivir. En un país fascinante, que yo lo considero un laboratorio de lo humano, demasiado humano. Trataré de pensar con los dos hemisferios de este maravilloso cerebro que tengo,-tenemos- sin creer que estoy diciendo lo último. Pero si, tratando de asir un poco de reflexiones propias de lo que tenga en preocupación inquietante. También debo poner un límite, así mismo como en otros espacios le dan un número específico de palabras para expresarse. Yo asimilaré la misma función, y trataré a no hacer mala escritura; verborrea pura y dura de escritor, de escribidor, de escribano...Simplemente será el espacio de este cuadro, en el cuerpo de este blog. Lo que ahí, me permitirá decir de lo divino y humano. Será lo que consigne con emoción, dolor, tristeza, buen ánimo, radicalismo alegre. Con humor -si me permite el hecho, la cita, el libro leído, la dolida noticia, la tragedia indirecta, el hecho de sangre, el cohecho, el último escándalo, la hipocresía social, la doble moral y un largo etcétera.