Los dormidos y los muertos

Desde una prosa matizada de poesía, Gustavo López Ramirez, entrega su ópera prima de novela, Los dormidos y lo muertos
Los dormidos y los muertos, portada.Rey Naranjo Editores.


Gustavo López Ramirez, escritor colombiano, autor Los dormidos y los muertos.

Con el pretexto de la muerte natural del conservador y falangista político Laureano Gómez, quien en vida convirtió el país colombiano, en una “república invivible” de aquellos años, y fue el gestor ideológico de la llamada Violencia conservadora contra los liberales; López Ramirez, En los dormidos y los muertos, nos recrea- no en el sentido del entretenimiento-  sino en realizar el retrato amplio y social de aquella sociedad rezandera, intolerante, y muy católica en asumir la Historia cómo ésta penetra en la vida de los personajes, en este caso, en el peluquero fanático conservador, Deogracias Almanza;  quien después de participar en la matanza de varios liberales en Pamplona, para evadir la justicia huye con sus hijos y esposa a  Manizales. Los Almanza, encabezada por el barbero conservador fanático de Laureano Gómez, Deogracias; Álvaro Pio único hijo que sigue el oficio de su  padre; el  hijo que abandona el seminario para abrazar la lucha guerrillera, León, y un hijo menor, Eccehomo, que sigue los pasos de su hermano. Y las mujeres, Adelaida, la esposa, las hijas, Antonieta y Elena.
López Ramirez se vale de licencias poéticas en entronizar a Laureano Gómez, para mostrarlo en un semblante humano, a pesar de denominarlo El Monstruo, como efectivamente era reconocido despectivamente por los liberales de la época.
La novela nos relata con una prosa torrentosa  matizada de poesía, la vida familiar de los Almanza, donde la misa, y la religión católica eran centro y esencia de la llamada ciudadanía creyente; las incidencias de sucesos sangrientos de los llamados bandoleros. Además, nos presenta, la vida urbana de una de las ciudades colombianas más hispanistas desde donde se la miré, conservadora y profundamente católica: Manizales.
Por fin hallo, como lector de novelas, un relato novelesco, desprovisto en la enunciación del relato, de tics provincianos, y que su trama atraviesa desde el principio del siglo XX, y los  más violentos años, en la llamada Violencia  partidista de los liberales y conservadores, que después del denominado Frente Nacional cuando las élites deciden distribuirse alternado el poder y excluyente de las nuevas fuerzas políticas, se transformó en una guerra ideológica y de  clases con los inicios de la lucha armada de las FARC y el ELN, donde el cura guerrillero Camilo Torres va a tener una incidencia crucial en los personajes, que aún se sienten los rigores de su accionar guerrillero, en esa violencia sempiterna de Colombia.

Muchos años después...



 
Gabriel García Márquez, escritor colombiano, autor de Cien años de soledad, Premio Nobel de Literatura de 1982.
Muchos años después, frente al teclado del computador, el escritor había de recordar aquella tarde remonta cuando empezó a leer Cien años de soledad. La leyó en unas vacaciones escolares del bachillerato, después de comprarla regateando el precio: sesenta sucres de la época le costó,  en una librería. El librero me entregó un ejemplar de la mítica edición de soles y cabezas con la letra e invertida de libros usados en la ciudad de Quito, Ecuador Al lado había una cafetería y entró y pedió unas humitas, envueltos de maíz, muy suaves al paladar y con café negro. Y se hundió en la lectura embrujadora de la saga de los Buendía. A las diez de la noche el mismo mesero que lo atendió le dijo que  ya cerraban. Pagó y salió ya embrujado de la prosa garciamarquiana, que tanto había leído nombrar en tantísimos suplementos literarios de los periódicos colombianos de la época. El nombre del autor se repetía tanto, porque era un periodista reconocidísimo por sus crónicas y reportajes y  su obra literaria también ya ocupaba  un merecidísimo puesto renovador en la anacrónica y revenida literatura colombiana de esos días. Además, era inolvidable acordarse de la primera vez que lo leyó encantado, en un cuento: La prodigiosa tarde de Baltazar, que le dio a conocer su hermana. Desde ese corto texto quedó maravillado de la forma de contar y siguió leyendo toda su obra en el orden de sus publicaciones. Así, pues, llegó la hora de ocuparse en leer Cien años… que era la obra que le faltaba, y lo hizo en esas vacaciones anuales, cuando  volvía a su ciudad natal, Ipiales, La Ciudad de las Nubes Verdes, y se ocupaba en leer algo en las horas muertas. Recuerda que en la larga travesía del viaje al Sur profundo, tenía entre manos un  abstruso texto marxista de economía política, pero el embrujo de la prosa de Gabriel García Márquez lo puso en una especie de sortilegio encantado que duró quince días intensos en leerse la novela. Y cuando la terminó. Cerró el libro y se dijo que en seis meses en Bogotá la volvería a leer para precisar los nombres que se repiten y  a veces, lo confundían, pero después  halló la forma en que el propio autor los nombra para que el lector igualmente no se confunda.
Desde esa tarde remota de Quito, cuando el librero, le dijo: la novela de su paisano Gabriel García Márquez; la ha leído cuarenta y una veces, recordando vivamente episodios del texto narrativo, de la forma que el autor construyó su relato, trasmutando la vida de su familia, creando personajes inolvidables; recuerda, que en la carrera quince con calle ochenta y cuatro, había una boutique de ropa femenina, llamada Pilar Ternera cuyo nombre en el luminoso aviso estaba escrito en la rigurosa letra palmer con un traslucido rosado de fondo en grandes letras negras. Y el nombre del pueblo de Macondo, iniciaba a generalizarse, y hasta a crearse derivaciones de su nombre por las situaciones tan singulares, que se dice macondiano: propio de los colombianos. Y entonces se empezó también a señalar situaciones tan maravillosas de lo cotidiano, como del realismo mágico, que algún desocupado crítico literario le dio en categorizar la literatura de Gabriel García Márquez.
En el año de mil  novecientos setenta y cinco cuando publica El otoño del patriarca, y  el personaje de esta crónica, le dio por llamar a la sede de la revista Alternativa, con el pretexto de preguntarle al autor, cómo se escribe un cuento. Le contestó una voz de hombre, que no se identificó, le dijo: Por favor con Gabriel García Márquez. No está, no ha llegado, quién lo llama, le contestó una voz de hombre. Es para preguntarle, cómo se escribe un cuento. Llámelo después de las dos de la tarde,(eran las once la mañana cuando llamó) y le pregunta personalmente a él. Después ya no llamó, se olvidó de llamarlo para preguntarle, cómo se escribe un cuento.
Vivía en Caracas, en 1984 cuando se enteró que Gabriel García Márquez era invitado  del gobierno colombiano por su amigo político y poeta presidente Belisario Betancur, al homenaje que el gobierno venezolano le hacía al Libertador Simón Bolívar, donde Venezuela botó literalmente la casa por la ventana del derroche y fasto para la celebración al Padre de la Patria de cinco naciones.
Hizo un detectivismo particular con Gabo, ya se había encariñado y guardaba el ejemplar de Cien años de soledad leído y releído tantas veces para que me lo autografiara. Llegó a la recepción del lujoso hotel Hilton donde se hospedaba toda la comitiva colombiana que asistía al homenaje bolivariano. Preguntó con total desenfado por si habían visto a Gabriel García Márquez, y una linda recepcionista caraqueña le respondió que ya había salido.
En los días siguientes leyó una crónica publicada en El Nacional de Caracas, cómo Gabriel García Márquez estuvo en Bello Monte en una arepera comiendo arepas rellenas y hablando de todo un poco con un periodista amigo de nombre Manuel Pulido. Y ya no estaba en Caracas, se había ido junto con la comitiva presidencial colombiana.
Quedó mordido de la frustración y esperó tranquilo varios años. Estando otra vez en Bogotá. Además, que  estrenaba paternidad, le comentó a la madre de su hija Irene Marcela, que Gabriel García Márquez asistiría al homenaje que la Casa de Poesía Silva, que dirigía la poeta suicida María Mercedes Carranza le hacía al expresidente poeta Belisario Betancur en su cumpleaños. Transcurría el año de 1993.
Salieron con la mamá que cargaba aún de brazos a Irene Marcela en el mismo taxi desde donde  pudo distinguir el viejo Mercedes negro de Carlos Lleras Restrepo mientras avanzaba en la Carrera Tercera que asistió también a la velada de poesía.
La mamá de su  hija Irene Marcela siguió hacia la casa de una amiga que entonces residía en el viejo e histórico barrio colonial de La Candelaria. Se bajó en las inmediaciones de La Casa de Poesía Silva, donde habían sacado unos altavoces y en los alrededores de la calle estaba atestado de curiosos y lagartos a montón entre los cuales se integraba. Eran les seis de la tarde. El tiempo pasaba. Releía páginas de Cien años de soledad para entretenerse por la espera. La madre de su hija Irene Marcela llegó  a las horas con la niña que dormía. Y viron llegar el Mercedes negro de Carlos Lleras Restrepo. Lo cual no se equivocaba que asistía también al homenaje del poeta y colega expresidente Belisario Betancur. El frío hacía estragos por la espera en la calle llena de curiosos y nada. Pero hacia las diez de la noche dos motorizados asomaron sus luces de escolta y apareció detrás un Mercedes blindado color café de donde bajó Gabriel García Márquez junto con Mercedes, su esposa que fueron recibidos por María Marcedes Carranza. La madre de su hija Irene Marcela se puso a un lado de la puerta de entrada, y Gabriel García Márquez al verla dijo es una niña. Mientras tanto  se acercó a doña María Mercedes Carranza con el libro Cien años de soledad en la mano y le pidió el favor de ser posible decirle al maestro García Márquez de un autógrafo. La poeta suicida captó rápidamente que ellos dos éramos los padres de la criatura y escoltados por dos guardias corpulentos a los que les hizo señas de dejarlos seguir, entraron al patio de la casa. Irene Marcela, la bebé se despertó, y había una joven bastante gomela que al ver a la bebé despertarse,  empezó a  decir una y otra vez, es que es perfecta, es perfecta. María Mercedes Carranza buscó a Gabriel García Márquez.  Observó  que los asistentes, era la crema y nata de la mentada oligarquía colombiana, poetas de la alcurnia, renombrados políticos y gente del montón como mi mujer y yo pero Irene Marcela, la bebé, causaba cierta curiosidad entre tantos adultos. Entonces Gabriel García Márquez llevado por María Mercedes  Carranza le pidió el libro, al abrirlo vio que le había pegado una estampilla que le sacó Adpostal en Homenaje al Premio Nobel de 1982.  Yo nunca pude tener una de estas estampillas, dijo al ver pegada la estampilla. Él pensó en sus adentros que  no iba a despegar la estampilla para dañar el libro para darle gusto al Nobel. Preguntó que cómo se llamaba la niña, Irene Marcela, le dijo la mamá. Entonces escribió “Para Irene(la paz) Marcela de su padres felices” Gabo. Le recibió el libro y pudo verlo, al autor, que estaba algo ebrio. Mercedes, su esposa, se acercó y se lo llevó hacia otro grupo. María Mercedes Carranza, les dio a entender que ya habían obtenido el autógrafo, así que abandonarán. Salieron contentos con el autógrafo. La madre de la niña, decía una y una vez cómo supo él que era una niña. Cómo lo supo.
Por esa misma época la embajada de México montó un local de librería, restaurante y almacén de artesanías en la denominada Zona Rosa que se llamó Casa de México, en Bogotá. De tanto en tanto iba allí a curiosear. Por esos días sabía que Carlos Fuentes, amigote y compadre de Gabriel García Márquez acababa de publicar uno de sus tantos libros y andaba de gira internacional promocionándolo. Un par de periodistas del diario El Espectador le hacían una entrevista. Prevenido busqué entre los libros de mi personal biblioteca y busqué Aura, una novela breve magistral de Fuentes para el consabido autógrafo. En una mesa el novelista mexicano daba su opiniones de esto y lo otro, que  recuerdaba que decía una y otra vez que el tiempo es cabrón. Cuando los periodistas terminaron la entrevista, les pidió que le regalara el autógrafo, se sorprendió de hallar una edición tan vieja de editorial Era, y de cariño le regaló dos libros de sus discursos. Se quedó contento y seguió allí en la librería viendo libros de sicología infantil. De pronto sentió al lado  una sombra, al regresar a ver, observó que era el maestro Gabriel García Márquez, y al descubrirlo le dijo, Usté por aquí Maestro. Él dijo, No ve que estamos en Macondo. Yo le iba a decir que si, por supuesto que estamos en Macondo. Y un chaperón  sapo con la cabeza totalmente rapada se acercó y se lo llevo del  brazo hacia el interior de la casa. Esos fuero.n mis momentos tras Gabo.
El libro de Cien años de soledad, alguien se lo alzó entre tanta trashumancia de desarraigo urbano metido en esta ciudad de los espejismos: Bogotá, el páramo alucinado

Cincuenta años de soledad multitudinaria

Cincuentaños de soledad multitudinaria
Le tenía cierta prevención al libro, porque guardaba el aura innegable de ser un best seller  y asumí leerla en el orden de las publicaciones que hasta entonces había publicado el autor

Primer capítulo de 'Cien años de soledad' publicado en 'El Espectador', de Bogotá.


Mi memoria conserva una nebulosa de recuerdos cuando fui voceador de periódicos y revistas y tengo muy vivo el momento, que en el paquete de ejemplares de El Espectador, en el suplemento literario,  Magazine Dominical, apareció Cien años de soledad. Yo tenía nueve años y la publicación fue el primero de mayo de 1966.Pero pasó inadvertida para mi infantil gusto de lector. Me gustaba más leer las aventuras de Santo, El enmascarado de plata, en las ediciones gráficas e ilustradas de  lo que hoy es boom mundial de la llamada novela gráfica.
En el año de 1973, mi hermana me entregó para leer el cuento La prodigiosa tarde de Baltazar. Como ya sabía, que tarde o temprano asumiría la escritura, me dediqué a leer a ese escritor nombradísimo que cada vez  más figuraba en los suplementos literarios y su mención notoria y notable permanentemente de su novela célebre Cien años de soledad. Le tenía cierta prevención al libro, porque guardaba el aura innegable de ser un best seller  y asumí  leerla en el orden de las publicaciones que hasta entonces había publicado el autor.
Me llegó la hora de leer la novela, porque ya había agotado leyendo toda su obra y era la única que me faltaba. La leí en quince días,fascinado en unas vacaciones escolares en el año de 1975, que también fue el año de la publicación de El otoño del patriarca
Es inolvidable cómo fue que escogí comprar en una librería de  libros usados de Quito. Pregunté: Tiene Cien años de soledad  y el librero al oír mi acento colombiano, me dijo: "De su paisano García Márquez". Pagué sesenta sucres de la época, en ese regateo infaltable de todo lector consumado.Me entregó un ejemplar de la mítica edición de soles y cabezas con la letra e invertida. Al lado había una cafetería y entré y pedí unas humitas, envueltos de maíz, muy suaves al paladar y con café negro. Y me hundí en la lectura embrujadora de la saga de los Buendía. A las diez de la noche el mismo mesero que me atendió me dijo que  ya cerraban. Pagué y salí ya embrujado de la prosa garciamarquiana.
Me confundían los José Arcadios y los Aurelianos.A los seis meses justos volví a releerla.Desde entonces , desde esa tarde y noche remota, la he leído cuarenta veces. Me volví un entusiasta gabófilo y ahora soy un gabólogo consumado, en este sencillo homenaje a los Cincuenta años de soledad multitudinaria de su publicación en Buenos Aires.

Andrés Caicedo, que te fuiste a los cielos ya cuarenta años

El recuerdo más vivo que tengo de Andrés Caicedo, es de un sábado de 1977
Andrés Caicedo, autor colombiano, que decidió su propia muerte, hace 40 años.

Portada de ¡Qué viva la música! en la edición original de Colcultura.

Yo había ido al sotano del edificio de Avianca, en la calle dieciseis con carrera Séptima, a retirar cartas, pero no había nada, y al salir vi que se adelantaba un hombre joven  alto, melenudo, cubierto con una ruana color marrón de lana virgen. Me dije, ese es Andrés Caicedo. El hombre daba largas zancadas y me tocaba acelerar el paso para cerciorarme de que si era él. El jueves de esa la semana,  lo había visto en un programa cultural que se llamaba Paginas de Colcultura, y lo entrevistó Juan Gustavo Cobo Borda, el director y editor de su novela ¡Qué viva la música! Y lo que más recuerdo que dijo una variante de un juego de palabras parecidas a una minificción, que dice: 
¡Ay José, así  no se puede hacer!
¡Ay José, así  no se puede!
¡Ay José, así  no sé!
¡Ay José, así  no!
¡Ay José, así!
¡Ay José!
¡Ay!
Son de Cabrera Infante y se llama Canción cubana. 

Y Andrés andaba rápido, me tocaba acelerar mi paso, pero un semáforo lo detuvo, y cerquita lo vi que llevaba en su sobaco sostenidas varias revistas de Ojo al cine. Entonces ya comprobaba que sí era el escritor que ya había escrito ¡Qué viva la música! que en los próximos días sería publicada. 

Como su novia era Patricia Restrepo, que manejaba el cine club de la Universidad Central, que entonces funcionaba en uno de las salas del Centro cinematográfico, ya hoy desaparecido en la calle 24 entre carreras séptima y octava, entró allí. Compré la entrada, y Andrés Caicedo, esperó, mientras Patricia Restrepo anunciaba la película del ciclo que se exhibía. Se apagaron las luces, y entre las penumbras ellos salieron otra vez de la sala.

Se volvió noticia. El vespertino bogotano, El Espacio, caracterizado periódico de la crónica roja, traía al otro día de su suicidio la noticula, en su interior, donde daba cuenta en el titular, Excentrico escritor se suicida. 

El siguiente sábado, en el quiosco que quedaba en la esquina frente del edificio de El Tiempo, compre en diez pesos la edición original de su novela ¡Qué viva la música! Me dispuse a leerla y lo convertí en todo un acontecimiento personal para mi. En las clases de español y literatura, les pedía a los profesores, leer una novela así, y no esas viejeras literarias de El Alferez Real o la María, nunca me hicieron caso.

Hoy se cumplen 40 años de su suicidio. Andrés Caicedo, creó la frase que después de los 25 años no se merecía vivir. Y realmente no sé, si su obra vaya a pervivir en el tiempo, pues revisándola, es una obra inconclusa, más favorecida por el morbo de su suicido que por la calidad de la misma.
¡Lloveran rayos y centellas!

Otra vez Facebook confundió una foto histórica con un desnudo: en este caso, del Holocausto

Una imagen de un grupo de hombres desnudos y desnutridos en un campo de concentración, publicada por el Día de Conmemoración del Holocausto, fue bloqueada por Facebook que la consideró una imagen impropia
La foto tomada en Mauthausen durante la Segunda Guerra Mundial que fue anulada por Facebook/lanacion.com.ar



 Ya pasó antes (con una foto de Kim Phuc escapando, desnuda, de la explosión de una bomba atómica en Hiroshima), pasó ahora, y probablemente volverá a suceder, mientras  no logre afinar la puntería del algoritmo que analiza las fotos que publican los usuarios de esta red social buscando desnudos.
¿Qué sucedió? María Torres publicó una foto de un grupo de prisioneros de un campo de concentración de Mauthausen, Austria, hacia el fin de la Segunda Guerra Mundial: desnudos, desnutridos, enfermos. La acompañaba un texto de Mariano Constante, un español un sobreviviente de esos campos de exterminio. La foto y el texto (publicados en el blog de Torres) subió a Facebook el 27 de enero, que es el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto .
Pero para la inteligencia artificial que analiza las imágenes en busca de pezones y cuerpos desnudos, este testimonio del horror nazi era contenido inapropiado, por lo que eliminó el posteo, según publicó Eldiario.es. Después de las quejas (y como sucedió en otras ocasiones) Facebook volvió a reponer el texto y la imagen.

DONDE EL VIENTO AVIVE EL FUEGO DE LA CREATIVIDAD Y EL RESPETO

Se consolida la solidaridad para reconstruir y acompañar a La Casa del Viento
Para que el fuego sólo reavive la creatividad y no la destrucción./Promotora Zuro Riente. 

 Se llevó a cabo, el jueves 26 de enero  la tercera asamblea de solidaridad,  apoyo y participación comunitaria con la integración nutrida  de nuevos gestores  de las localidades de la ciudad, que se acercaron por la convocatoria que se realizó desde las redes sociales, en la sala  Seki  Sano  de la Corporación Colombiano de Teatro. Se narró la historia de 33 años de lucha y autogestión ciudadana comunitaria  del proceso  de la Promotora Cultural Zuro Riente,  gestora del  funcionamiento de La Casa del Viento, objeto del  incendio por manos criminales el pasado 9 de enero como de programar actividades,  en esta sede, en solidaridad y acompañamiento permanente,   que arrancará el 22 de febrero con presentaciones teatrales, musicales, de videos testimoniales  hasta el 25 del mismo que se hará un Foro Polifónico amplio para discutir las políticas públicas de la cultura de la ciudad que se generan desde la administración distrital. Se fijó el 9 de febrero- que se cumple un mes del atentado criminal del incendio- un ritual de desagravio y reconciliación con una programación cultural, donde el viento y su susurro avive el fuego de la creatividad y el respeto, enfatizando en  la consolidación de la paz en todos los territorios.
Se hizo historia en las voces de los gestores comunitarios, Anadelina Amado y Joselino Albino: cómo  desde un grupo de teatro de amigos derivó, con los años, en la autogestión  de talleres para promover las artes desde la acción ciudadana de lo popular como en la edición continuada de la revista El Tizón, donde se contaba el quehacer cultural  como de los textos de poesía y cuentos. Y de diversos colectivos de artistas, actores, escritores que consolidó la promotora. Y se espera una edición extraordinaria como aporte especial debido al atentado del incendio de la Casa del Viento. La lucha- que se mantiene- y el forcejeo institucional con miembros de la Junta de Acción Comunal de la época para constituir la sede en la edificación en deterioro del expendio del cocinol; y así dar  la Promotora Cultural Zuro Riente en  implementar  y consolidar con donaciones,  la Biblioteca Comunitaria Simón El Bolívar, que desde hace veinte años,  se volvió referente cultural de la comunidad del barrio San Vicente Oriental Parte Alta.  También, se emprendió la realización del Festival del Viento y las Cometas que se  mantiene como otro  referente simbólico de la localidad de San Cristóbal desde hace  veinte años.  Y el salto de autogestión cualitativa en el año 2011 al  ampliar y elevar  la sede y construir La Casa del Viento con la colaboración de Arquitectura Expandida, encargada  en Ana López, que lidera  el colectivo de arquitectos y artistas plásticos que mantiene el  solidario acompañamiento con la idea de promover y establecer  memoria  en la reconstrucción estructural de la nueva sede. 

En estos 33 años de historia de vida comunitaria, ha nacido una nueva generación que le está dando continuidad al accionar  de la autogestión,  ahora  en  cabeza de Andrés Bustos  y demás gestores  juveniles y  de nuevos colectivos como Paz a la Calle, Corporación Terrantes  y las radios comunitarias consolidadas en la conectividad del internet como Vox Populi, Lei Gómez en Territorios Luchas  que  generan información alternativa y comunitaria desde y para las redes sociales  que han  aportado sus iniciativas individuales en la reconstrucción de tejido social comunitario, que se ha logrado mediante la alegría colectiva de ser tenaces  en salvaguardar la gestión comunitaria, frente a los enemigos soterrados del vecindario, al vencer el miedo y la indiferencia, con ellos sigue la esperanza de que  prosperará en consolidarse la paz en los territorios, al empezar en los barrios como microcosmos de un país mejor y más incluyente y respetuoso de la público comunitario.

Ricardo Piglia, que estás en los cielos


No hay más que decir, el homenaje a un escritor tan entrañable para mi, es leerlo y por supuesto, estoy releyendo Respiración artificial en edición gratamente colombiana




Ricardo Emilio Piglia Renzi. 1941-2017




Respiración artificial, edición colombiana de 1993.

Mirá como son las cosas de la literatura, los vasos comunicantes, los llamo... Todos estos días he pensado en tí como si fueras un viejo amigo entrañable que hace tiempos no veo ni discuto ni te digo las cosas más mias y profundas. Y precisamente para recordarte como ese viejo amigo que sos, te descubrí un día en una fería del libro de Bogotá hace ya largos años. Para ser exactos en la cronología, era un día de abril(cuando se hace la Filbo) de 1989 y me acerqué a un evento donde el invitado era Carlos Monsiváis, el cronista mexicano, que se suponía vendría a esa conferencia. El invitado nunca llegó, y yo acaba de llegar de Caracas, y me acerqué al encargado del evento que puso un aviso en una cartulina , donde decía que el evento se cancela porque el autor no vino, o se enfermó, algo pasó con Monsiváis que nunca apareció. Y me despache en insultarlo como se debe, basado en la decencia, usando todas las buenas palabras que contiene el despreció, la indiferencia, la falta de escrúpulos, y el sujeto- un periodista- soportó con calculado estoicismo mi andanada de insultos bien dichos, mientras yo me sacaba toda la bilis de la frustración -el periodista hizo un ademán a una chica, le musito órdenes que ella muy sumisa obedeció y se fue- mientras yo seguía con mi cantaleta de frustrado y con la amargura viva , me retorcía frente al periodista lo mala feria, la pacotilla de evento de esta feria, que uno viaja expresamente desde Caracas por un escritor, y zuas, ustedes ponen un mal aviso, que se les ve la improvisación,la falta de profesionalismo de un evento de esta clase..Y llegó la sumisa y obediente chica y puso sobre la mesa(que sería para los panelistas) una torre de libros. El periodista, se disculpó de mil maneras, yo descubría mi otro yo oscuro malediciente que me surge espontáneo frente a las frustraciones; y me dijo" Señor, permítame resarcirlo de algún modo, y creo que como usted es un buen lector estos libros le van a gustar mucho, muchísimo y de nuevo le pido mil perdones, por esa ausencia de nuestro invitado que a última hora se indispuso y canceló a última hora el viaje. Le dí unas gracias frías, con un apretón de manos y salí todavía amargado, pero contento porque de inmediato me senté afuera y me puse a hojear, de hojas, y ojear, de ojos los ejemplares que de cortesía me regaló el periodista avergonzado. Y claro, el primer libro que saqué fue la edición que publicó en su momento Tercer Mundo Editores, una editorial colombiana ya desaparecida hoy, que en la caratula aparece Franz Kafka con el título "Respiración artificial" y me dispuse a leerlo. Me fascinó y como hago y haré siempre con los escritores que me gustan, lo agoté en su obra. Ayer preciso compré otra vez la misma edición que me regaló de cortesía el periodista y que un ladrón lector me robó. Y sigo con una y otra vez tu lectura. Ricardo, te has ido y pongo lágrimas en este escrito que ahora estás en la otra celeste, y te seguiré leyendo. No hay más que decir, el homenaje a un escritor tan entrañable para mi, es leerlo y por supuesto, estoy releyendo "Respiración artificial"...en edición gratamente colombiana.

Bonus: Oh! simetria existencial perfecta: releo su inicial novela "Respiración artiificial" en la edición de la editorial Tercer Mundo ya desaparecida. Recuerdo, en el 2007, en un localito, al lado del Hotel Zaragoza, en el eje ambiental, abrieron una venta de saldos de los libros que dejó la editorial, y se podía llevar cualquier libro a cinco mil pesos, entre ellos estaba "Respiración artificial". Compré tres ejemplares que regalé a varios amigos escritores, que después de mucha insistencia preguntaba si ya lo habían leído a regañadientes contestaban con un rotundo NO y sólo porque yo los atacaba.Empezaron a llamarme EL Pigliano" por esta insistencia mia con el autor argentino. Lo leyeron sólo porque su nombre y su novela "Blanco nocturno" fue Premio Rómulo Gallegos en 2011. Entonces sí creyeron en mí sapiencia con los autores favorecidos por el talento, mientras ellos trataban(tratan aun) de hacerse escritores leyendo bestsellers, cosa aparte que hasta ahora ninguno ha logrado uno así superventas.